Intimidad, discusiones y dos tazas de café

Una historia de amor medido en cucharitas de café

Mira, antes que nada, te voy a decir una cosa: Nunca discutas con tu pareja. Vale, no hay más, eso es.

Ahora te preguntaras, y esto qué tiene que ver con las tazas del café. Te pongo en contexto ahora mismo.

Cuando se ha tenido la oportunidad de viajar a lo largo de México, poco a poco te das cuenta que las artesanías — a pesar de su gran variedad, diseño, belleza y colorido — siempre son las mismas, independientemente del estado en el que te encuentres. Claro que entre las artesanías mexicanas hay mucha diversidad: los textiles de Chiapas, los cestos de Sonora, la cerámica de Chihuahua, el barro negro de Oaxaca, las coloridas hamacas de Yucatán, los sombreros de jipi de Campeche, la impresionante artesanía Huichol de Nayarit, entre otras muchas. Sin embargo, no hay que viajar a cada estado para poder encontrar una artesanía en particular; toda esta gran diversidad de productos artesanales se pueden encontrar, con seguridad, en el mercado de cualquier estado de la República Mexicana . Sin mencionar, además, que existe una artesanía que se puede encontrar de manera económica y aún con mayor facilidad en todo mercado de nuestro Méjico: La taza de barro pintada para tomar café.

Ya te lo digo, cuando se viaja en pareja por mucho tiempo se van creando — sin querer — pequeñas costumbres de viaje. En mi caso, o mejor dicho, en nuestro caso es difícil imaginar un viaje que no haya comenzando, y a su vez, haya terminado con un: “¿Quizá un cafecito antes de irnos?”.
O en su defecto, siempre al llegar a un lugar desconocido, casi en automático y al unísono, se decía: “Vale, primero un café y después ya veremos”.

El café se convirtió en el pretexto perfecto para detenerse un momento y conectarnos, tanto uno con el otro como con nuestro entorno; con la ciudad, con el pueblo, con la naturaleza. Las tazas de café se transformaron en nuestra medida de tiempo: “una taza de café y nos vamos”, “tu te encargas de trazar la ruta, yo me encargo del café, y lo checamos mientras bebemos”, “un expreso y seguimos”. ¿Sabes lo que te digo?

Literalmente, nos bebimos la vida. Dos tazas de café en la mesa entrañaban, de antemano, un momento de intimidad, de complicidad, de convivencia. Dos tazas, implicaban ya sentarte a escuchar al otro, de contarle cómo ha ido tú día. Siempre dos tazas.

Con mis oídos le hablo a tu boca y ella me escucha. Así dialogan quienes se aman. — Rafael Lechowski.

Súbitamente, como si fuera una extensión de cada viaje fuimos coleccionando tazas de café. Antes coleccionábamos mapas. Y es que, claro, con tantas artesanías en México quién iba a querer el puto mapa mal impreso en hoja tamaño carta. ¿¡Dime quién!?

¿Has visto a un niño jugar entre rocas y campos? Su capacidad de sorpresa no conoce límites; su curiosidad le empuja a acercarse a las cosas, olisquea las hierbas y las raíces, sigue con los ojos al pájaro, la mariposa, la nube, el insecto. Así mismo, va el viajero recorriendo los mercados: con las manos dispuestas como los ojos a aprehender toda artesanía que fuera objeto de su curiosidad.

“Oh! Pero mira que bonita taza, nunca he visto una tan bonita”
Se dijo en Cancún.

“Oh! Pero mira que bonita taza, nunca he visto una tan bonita”
Se dijo en Ixmiquilpan.

“Oh! Pero mira que bonita taza, nunca he visto una tan bonita”
Se dijo en Guanajuato.

“Oh! Pero mira que bonita taza, nunca he visto una tan bonita”
Se dijo en Xilitla.

“Oh! Pero mira que bonita taza, nunca he visto una tan bonita”
Se dijo en Durango.

Y así fuimos, entre pueblitos mágicos, centros históricos y mercaditos, coleccionando la misma taza de barro pintada para tomar café, bueno, con distintas tonalidades de rojo, azul y verde, pero en esencia la misma taza. O así — erróneamente — lo creía.

No fue hasta el decimosexto viaje por México — mejor dicho la decimosexta taza de barro pintada — que me di cuenta que cada taza era distinta. Dentro de ellas no sólo se vaciaban 250ml de café, sino que cada una de ellas contenía en sí misma una historia diferente. Lo creas o no, aún veo las tazas guardadas en la alacena, y aunque a simple vista no sean más que un montón de barro moldeado por las más persistentes manos alfareras, puedo contarte a detalle en que pueblito la conseguimos y la historia que en su interior le cabe. Inclusive, aquella que fue motivo de discusión.

Justo llegábamos al pueblo fantasma de Real de Catorce. Todo aquel que haya tenido la oportunidad de conocer este lugar sabrá que al terminar de cruzar el túnel Ogarrio, uno es bien recibido por un mercadito ecléctico muy peculiar. Este mercado te conecta de tienda en tienda a la calle principal de Real de Catorce. En el recorrido encuentras artesanías wixaricas, joyería elaborada con piedras preciosas, diversas prendas para aguantar el frío, artículos decorativos que hacen alusión al peyote, dulces, antojitos y cientos de artículos más.

Recuerdo que lo primero que yo vi fue una cantimplora forrada en piel, tenía inscrita la frase “Contra las penas, las copas llenas”. Por su parte, ella lo primero que vio fue una taza, sí, de barro pintado. Claro, si se escuchaba a lo lejos: ¡Andrés, pero mira que bonita taza, nunca he visto una tan bonita! Naturalmente, después de 16 tazas compradas pensé que lo correcto era advertir que teníamos ya demasiadas y que lo mejor sería no comprar más. ¡Vaya lio en el que me metí! Y es que discutir por una taza puede parecer exagerado pero tiene sentido, mira, sin decir más, qué control voy a tener yo sobre lo que quiere una mujer, pues ya te digo: ninguno.

Aún con el ambiente lleno de disgusto continuábamos nuestro camino por la calle Lanzagorta: “Un par de tazas de café y nos sentamos a hablarlo, ¿te parece?”. Entramos a una pequeña fonda que al instante me hizo recordar cada una de las quince tazas anteriores, cada una de las aventuras que habíamos ya bebido, y por supuesto, las aventuras que nos faltaban por beber. Pues una infinidad de tazas que decoraban la fonda me llenaron la vista de alegría y la cabeza de memorias e historias que aun no ocurrían; quince tazas nunca serían suficientes, mucho menos dieciséis.

No hace falta decir que al final se compró la famosa tasa de café. Bueno, no sin antes dejarme en claro que, si algo le gusta ella lo compra y ya verá como le hace para meterlo en su maleta (y si no le cabe, va en la mía sin derecho a reclamo). ¿Qué te digo? Tarde entendí que cuando se viaja en pareja, los recuerdos también son compartidos. Y entre más, mejor.

En fin, lo que si hay que repetir es lo siguiente: Nunca discutas con tu pareja. Pues si algo he aprendido es que al final el tiempo sabe de lo que habla y todo lo pone en tablas— y estanterías — . El día que ella se vaya, solo recordarás los buenos tiempos y arrepentirás aquellos que perdiste discutiendo por algo que si bien en su momento no lo entenderías, al final no valía la pena.

Te lo digo así, yo se que el día en que mis ojos la dejen de ver, me va a doler. Y aunque, como en una custodia compartida, cada quien eche en sus maletas sus respectivas tazas, sus viajes, sus vivencias, sus alegrías; se que me va a doler despertar cada mañana y ver sola su taza de café. Porque lo que viví se quedará para siempre en mi.

Sé que va a doler
Cuando tus ojos me dejen de ver
Como si no precisaras más nada
Que una tarde juntos con un café, café, café

- Cardellino, Café

Me dicen el extranjero. Harto de no ser blogger. De niño quería ser revolucionario. Escribo por las noches para poder dormir de día.

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