Turismo Religioso: ¿Por qué buscamos a Dios?

A lo largo de la historia, la humanidad ha buscado a Dios durante toda su vida; San Agustín, por ejemplo — como muchos otros — lo buscó con insaciable curiosidad en la naturaleza, en los libros y, en la enseñanza de grandes maestros. Yo, por otra parte, lo busco en las afueras de la ciudad. Y a decir verdad, no se si lo encuentre.

La creación de Adán, fresco en la bóveda de la Capilla Sixtina, pintado por Miguel Ángel alrededor del año 1511.

Son las 4:00 de la mañana y me dirijo hacia el Cerro de las Noas en Torreón, Coahuila. Aún no he empezado a caminar y la mochila ya me pesa. En la cima, se encuentra una escultura de Jesús de Nazaret de 22 metros de altura — 16 metros menos que la famosa estatua de Cristo Redentor de Sao Paulo, Brasil, pero igual de impresionante — le llaman “El Cristo de las Noas”. Cuando amanece, desde sus pies hasta el horizonte, resplandece la perla de la Laguna. A medida que avanzo, me pregunto, si valdrá la pena. La mayoría de la gente prefiere descansar a esta hora. Los inquietos viajeros, ¿por qué buscamos a Dios?

En México, el turismo religioso contempla a más de 30 millones de turistas al año, tan sólo la Basílica de Guadalupe, en la CDMX, concentra a casi 15 millones de personas. ¿Qué es lo que los motiva? ¿la cultura?, ¿la tradición?, ¿el misticismo?, ¿el crecimiento espiritual?, ¿la vida?, ¿la muerte?, ¿la resurrección?, ¿los milagros? Quizá, la fe. Quizá un poco de todo.

A medida que uno crece, la vida se vuelve cada vez más compleja; se endurece. El estrés, las obligaciones, el cansancio, las exigencias profesionales, y los problemas del día a día, nos obligan a reflexionar sobre el sentido de la vida: ¿De dónde vengo?; ¿a dónde voy?; ¿por qué estoy aquí?; ¿por qué me esfuerzo en levantarme cada mañana?

Estas cuestiones, ¿nos paralizan o nos inducen a escapar?

¿Qué sentido tiene la vida, mi vida? — me lo pregunto mientras comienzo a subir el Cerro de las Noas — tiempo suficiente tendré para encontrar la respuesta.

Jost Krippendorf, decía que, viajamos para escapar de las realidades cotidianas hacia un reino imaginario de libertad. En este sentido, el viajero, se embarca en busca de la Tierra Prometida, huye de una realidad adversa en busca de sentido. El turismo religioso se vuelve el medio en el cual el viajero renueva su fe. Por supuesto, al final del camino se encontrará agradecimiento y esperanza. De lo contrarío, la travesía sería un fracaso.

Hay que decirlo, la máxima del turismo religioso no es más que propiciar el contacto con lo divino. El viajero busca respuestas. Respuestas que solamente su propio ser espiritual podrá darle.

Nadie sale en busca de Dios sabiendo que no va a encontrarlo; siempre hay esperanza. Ya sea, una peregrinación o la visita a un templo de fe para dejar una ofrenda o buscar perdón, el viajero espera que a su regreso la vida pueda ser un poco mejor…

Claramente, en México, el turismo religioso tiene un fuerte matiz católico; sin embargo, no toda persona atraído por esta clase de turismo se considera un ser religioso. Diferente es, considerarlo como, un ser espiritual. Pues, ya nos decía Victor Frank en su libro “La presencia ignorada de Dios”, el ser humano — que puede ser tanto consciente como inconsciente de ello — tiene un deseo nato: buscar un sentido para la propia vida. Pensamiento al cual yo agregaría que, esa búsqueda sólo puede culminar a través de la experiencia.

¿Cuántas experiencias?, me preguntarán.

Las que sean necesarias, de aquí, que el turismo religioso — al igual que la búsqueda de Dios — se vuelva complejo y sea vivido como un recurso de enriquecimiento personal. Cada turista posee un deseo individual, una búsqueda distinta y por consiguiente espera una respuesta diferente. Lo que sí es seguro es que para todos cada paso es una oportunidad para redefinir los sentidos, apreciar el arte, integrarse con la naturaleza, comprender las diferentes culturas y ampliar el espíritu. Integrarse a la vida.

He llegado a la cima y, amanece. Los rayos de sol recaen sobre una ciudad a punto de despertar y una estatua de Cristo me recibe con los brazos abiertos. Una postal magnífica que me hace sentir cierta paz interior. La misma paz que sentí la última vez que estuve aquí, y la misma que siento al final de cada viaje.

¿Por qué buscamos a Dios? Al menos yo, puedo decirles que mi búsqueda es por placer, por diversión, por curiosidad, por agradecimiento. Y si bien, Dios no está aquí —al menos, no el que yo busco —no me molestaría volver a buscarlo en este lugar, o en cualquier otro, si la tranquilidad es lo que recibo en el camino.

Saludos desde el Cristo de las Noas.

Yo que buscaba el sentido de vivir, descubrí que el sentido no es sino la vida en sí.

– Rafael Lechowski

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Me dicen el extranjero. Harto de no ser blogger. De niño quería ser revolucionario. Escribo por las noches para poder dormir de día.

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